“Acá la mochila se hace liviana”: el Hogar de Cristo de Yerba Buena celebró su primera década transformando vidas

Cada martes, cuando el atardecer empieza a caer frente a la plaza vieja de Yerba Buena, el salón del Hogar de Cristo Virgen del Carmen se llena de actividad: voces, mates, lanas, telas y mujeres que llegan con más que bolsos o abrigos para el frío. Algunas vienen apuradas después de la jornada laboral, otras ya dejaron la comida lista antes de salir y hay quienes recorren varias cuadras para no perderse la cita. “Primero va el hogar”, resume Ángela, una de las asistentes.

Este espacio abrió sus puertas en Yerba Buena hace una década y, si bien nació vinculado al acompañamiento de personas con problemáticas de consumo, con el correr del tiempo se expandió hasta transformarse en una red de contención que abarca a familias enteras. Los Hogares de Cristo, impulsados por el trabajo de los curas villeros y el entonces cardenal Jorge Bergoglio, se rigen por una premisa simple pero profunda: “recibir la vida como viene”.

En Yerba Buena, ese principio adoptó distintas formas: apoyo escolar, biblioteca abierta, espacios para adolescentes, talleres sociolaborales, actividades deportivas y acompañamiento para quienes atraviesan consumos problemáticos. Pero los martes, el centro de la escena lo ocupa el grupo de mujeres.

La imagen dista de la solemnidad que suele asociarse a los espacios de ayuda. Mientras unas cosen o bordan, otras preparan mate, muestran trabajos manuales o simplemente se apoyan entre sí. Y también hay risas. Muchas risas.

“Venimos acá y dejamos los problemas allá”, relata Soledad Posada, voluntaria del área infantil que funciona a pocos metros del lugar donde las mujeres dan rienda suelta a su creatividad. Llegó hace poco más de un año, traída por una amiga, y halló un sitio inesperado. “Yo he llegado acá con muchos problemas. Mi pregunta era para qué servía. Y cuando vine me dijeron: ‘¿Te gustan los niños?’. Me encantan. Entonces me quedé. Hoy siento que sirvo para algo”.

El espacio para los chicos nació de una necesidad concreta: las mujeres no podían participar tranquilas de los talleres porque debían cuidar a sus hijos. Así surgió una pequeña guardería improvisada que, con el tiempo, se convirtió en un taller infantil propio. Los niños dibujan, hacen collares, cuadros reciclados y regalos para sus familias. También esperan con ansias las celebraciones.

AGUJA E HILO. El nombre de Jéssica une al grupo de mujeres.
AGUJA E HILO. El nombre de Jéssica une al grupo de mujeres.

“Ellos también tienen sus actividades”, explica Valentina Tapia, una de las referentes. “Para el Día de la Madre hicieron cuadros con cáscara de huevo reciclada. Ahora estaban preparando collares y sombreritos para la fiesta”.

Valentina llegó primero como participante y terminó volviéndose voluntaria. Asegura que el hogar tiene algo difícil de explicar para quien nunca entró. “Todos llegamos con una mochila. Pero salimos y esa mochila se hace más liviana”.

La ronda de buenas noticias es uno de los rituales que más se repite en los relatos. Cada martes, antes de arrancar las actividades, las mujeres comparten algo bueno que les haya sucedido. A veces es algo pequeño. Otras veces, apenas un indicio de alivio en medio de situaciones difíciles.

“Costó mucho llegar a la ronda de buenas noticias”, recuerda Graciela Oliva, voluntaria del hogar desde sus inicios. “Pero hoy todas tienen algo para contar”.

Graciela conoció el proyecto cuando el Hogar todavía funcionaba en otro sitio y recibía sobre todo a jóvenes con consumos problemáticos. “Era recibirlos y amarlos”, dice. Habla de chicos que robaban, que estaban perdidos, que vivían atravesados por la exclusión. También habla de los que lograron recuperarse.

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Con la pandemia, el trabajo barrial se expandió aún más. Los voluntarios empezaron a recorrer casas, acompañar familias y mantener vínculos. Fue entonces cuando el grupo de mujeres terminó de consolidarse.

“Ellas son el perfume de este hogar”, dice Graciela. “Acá aprendimos a escucharnos, a cuidarnos y a entender que lo que una cuenta queda acá”.

Testimonios

En los testimonios aparecen historias muy distintas, aunque todas parecen tocar algún punto común. Carmen recuerda que llegó cuando atravesaba una situación económica extrema y criaba sola a su hija. “Acá muchas veces me ayudaron cuando no tenía ni para taparme en invierno”, cuenta. Habla de mujeres que se acompañaban entre sí y de una voluntaria, Jessica Boullhesen, que marcó profundamente al grupo.

Jessica aparece una y otra vez en las conversaciones. Fue tallerista, organizó actividades, impulsó el espacio de mujeres y generó una pertenencia que todavía permanece aún después de su fallecimiento. Su nombre quedó estampado en una bandera que las integrantes del grupo guardan como símbolo de todo lo construido.

“Ella hacía sentir especiales a las mujeres”, recuerda Graciela.

La profesora Cecilia López enseña costura, bordado, reciclaje y tejido. Tiene tres hijos grandes y hace dos años que acompaña el taller. Habla con orgullo de los trabajos terminados y de lo que pasa mientras las manos se ocupan.

“Muchas no sabían nada de costura. Y ahora hacen cosas hermosas”, cuenta. “Pero yo también aprendo de ellas”.

Nicole Catania conoce el hogar prácticamente desde su adolescencia. Hizo la comunión, la confirmación y participó de distintos grupos parroquiales antes de incorporarse al espacio de mujeres. Para ella, el Hogar de Cristo funciona como una segunda casa.

“Acá escuchás historias muy fuertes, pérdidas, dolores, situaciones que quizás nunca imaginaste”- dice- “Pero siempre hay alguien que abraza, que acompaña o que trata de ayudar”.

Ángela encontró ese abrazo después de la muerte de su hijo. Llegó buscando una salida para el dolor y terminó quedándose. “Hay días en los que no podés hablar mucho. Y acá te abrazás en silencio”, dice.

A lo largo de estos 10 años, el Hogar de Cristo Virgen del Carmen fue cambiando junto con el barrio y sus necesidades. Algunas mujeres llegaron buscando ayuda. Otras, compañía. Muchas terminaron encontrando ambas cosas.

Cada martes, mientras los chicos juegan en otra sala y el mate vuelve a circular entre las mesas, las conversaciones siguen mezclándose con lanas, bordados y retazos de tela. Afuera, la noche empieza a cubrir la plaza. Adentro, alguien cuenta una buena noticia y las demás escuchan.

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