Alcanzar la cumbre representa apenas la mitad del desafío, como bien lo sabe Laura Madariaga. El descenso puede ser igual de complejo que el ascenso. Al retornar al campamento base, es crucial verificar que todas las extremidades sigan respondiendo – encontrarse con una posible gangrena al quitarse las botas es una perspectiva aterradora -, comprobar que la vista no se haya dañado por el reflejo de la luz blanca y recordar que todos los desechos fisiológicos deben ser transportados en bolsas especiales hasta el pie de la montaña.
“A 6.000 metros de altura el sueño se vuelve casi imposible. Es necesario permanecer sentado para poder incorporar algo de oxígeno”, relató Laura, quien para entonces había perdido casi por completo el apetito y se veía obligada a nutrirse con “ensure”, un suplemento en polvo para adultos mayores que resulta fácil de consumir en esas condiciones extremas.

PERRITO. Laura y un particular “amigo” de la montaña.
En la alta montaña, realizar pronósticos anticipados puede acarrear graves riesgos, inclusive después de haber coronado la cima. “Fue una situación aterradora. A las seis de la mañana se desató un viento fortísimo. No nos atrevíamos a salir porque nos hubiera arrastrado”, contó Laura sobre el momento en que la furia de los elementos opacó el triunfo. Una tormenta descomunal se abatió sobre ella y su compañera de cordada.
“Sujetamos la estructura de la carpa con todas nuestras fuerzas para que no saliera volando, pero en un instante el cansancio nos venció. En ese momento, las varillas y el techo exterior se desprendieron y sólo quedó la tela mosquitera interior”, detalló. Lo que restaba de la tienda comenzó a cubrirse de nieve y en poco tiempo ambas montañistas quedaron sepultadas bajo medio metro de una capa de hielo implacable. “Fue una experiencia de total desesperación. Creímos que nuestra vida terminaría allí, congeladas”, admitió.
A 4.300 metros sobre el nivel del mar, uno comienza a valorar cada pequeño privilegio de la vida cotidiana: el agua que fluye al abrir un grifo, el aire que se respira sin necesidad de pensarlo. “Aprendés a apreciar tantas cosas en la altura. Hasta el oxígeno, que es lo más elemental. Tomás real conciencia de todo”.
El factor económico
“Todas esas pruebas adversas fortalecen el espíritu y la mente”, reflexionó Laura, quien ahora enfrenta una nueva meta ambiciosa: escalar los cinco picos que le restan para completar la lista de las siete cumbres continentales. Lograrlo la convertiría en la primera tucumana y la tercera argentina en alcanzar esta hazaña. Sin embargo, cada ascenso representa también un reto financiero considerable.
“Algunas cumbres tienen un costo muy elevado, incluso están cotizadas en dólares, y yo he realizado todo este camino con enormes esfuerzos personales. Empecé con un equipo muy básico. El club de montañismo me brindó una ayuda invaluable. Me consiguieron que me hicieran botas a medida en Buenos Aires, me facilitaron una bolsa de dormir y los bastones esenciales que ni siquiera poseía”, explicó Laura, quien ahora requiere apoyo para llevar el nombre de Tucumán, literalmente, a lo más alto del mundo.
“Considero que sería un logro muy significativo, incluso revolucionario. Siendo mujer y oriunda del interior del país, que a veces queda en un segundo plano. Siempre hago hincapié en que soy tucumana”, afirmó Laura, quien en su mochila lleva la bandera argentina y el anhelo de verla flamear en cada rincón del planeta cercano al cielo. Quedan por delante las cimas de cinco continentes: Elbrus, Denali, Everest, Vinson y Kosciuszko, mientras que la determinación de Laura no reconoce más fronteras que las del mapa mundial.

