Afuera, en el Shopping Portal de Yerba Buena, transcurre un día típico de receso invernal. Dentro de la carpa, sin embargo, el ambiente cambia por completo: la iluminación se vuelve tenue, la temperatura desciende y un rugido pregrabado retumba entre las lonas y las rocas de utilería. El guía conduce a los niños al frente en cada parada para que observen de cerca antes que los adultos. El paseo avanza de una figura animatrónica a otra hasta llegar al fondo, donde un Tyrannosaurus rex y un Barrosasaurus se enfrentan en tamaño natural. No obstante, la gran estrella de la jornada no se encuentra en ese recinto: quedó unos pasos atrás, como si portara una insignia nacional, y se trata de un dinosaurio que la mayoría desconoce: el Giganotosaurus.
«Es más grande», explica el guía Bautista Alva ante el grupo de chicos que lo observa boquiabiertos. Según la Encyclopaedia Britannica y el paleontólogo Rodolfo Coria, el Giganotosaurus alcanzaba entre 12 y 14 metros de largo y pesaba de seis a nueve toneladas, aunque algunas reconstrucciones elevan esa cifra a 14 toneladas. Fue descubierto en 1993 por Rubén Carolini, un mecánico y aficionado a la paleontología, en Neuquén, mientras trabajaba en una represa. Hasta ahora solo se ha recuperado aproximadamente el 70% de su esqueleto. «Aún sigue en descubrimiento», comenta Alva. Ese hallazgo real tuvo su recompensa en Hollywood: cuando Jurassic World necesitó un villano más imponente que el T-Rex para Dominion, en 2022, el elegido fue el Giganotosaurus. El T-Rex habitó América del Norte casi al final de la era de los dinosaurios; el Giganotosaurus, unos 30 millones de años antes, en la Patagonia. «Por eso ellos hacen las películas del T-Rex», resume el guía. «Este es nuestro, es argentino”.
Allí, dentro de la carpa, ocurre algo que no estaba planeado: los chicos estallan en gritos de «¡Argentina, Argentina!», aplauden y saltan. Basta con la palabra «argentino», incluso entre criaturas de hace 98 millones de años, para que un grupo de niños festeje como si hubiera sido un gol.
La experiencia, traída desde Holanda y respaldada por la Fundación Azara, llegó a Yerba Buena con más de 50 dinosaurios y animales prehistóricos animatrónicos, tecnología japonesa y un recorrido guiado de 50 minutos. Comienza con un video que explica la desaparición de los dinosaurios: hace 66 millones de años, un meteorito de 10 kilómetros de diámetro impactó la Tierra, desencadenando una catástrofe que eliminó al 75% de las formas de vida del planeta. A partir de ahí, cada sala trae una sorpresa.
Primero aparece la fauna de la era del hielo. La macrauquenia, un animal con trompa que en realidad es su labio superior, «podría gambetear», según Alva, al tigre dientes de sable. Sus fósiles fueron encontrados cerca de Punta Arenas por el propio Charles Darwin y luego estudiados por el paleontólogo inglés Richard Owen. A pocos metros hay otro hallazgo de Darwin: el Hippidion, un caballo americano más robusto que el actual, hallado cerca de Bahía Blanca y clasificado por Owen en 1840. Al frente, un mamut —una especie que sobrevivió hasta hace apenas 3.700 años— con orejas diminutas para no perder calor, y un oso de las cavernas que, pese a su fama, pesaba unos 600 kilos: similar a un oso pardo actual. El que más impresiona por su historia es el megaterio: fue encontrado por un fraile, Manuel Torres, en las barrancas del río Luján, en 1787, y estudiado en Francia por el naturalista Georges Cuvier casi una década después. Podía pararse en dos patas y llegar a pesar cuatro toneladas. El lobo terrible, a pesar del nombre, no era mucho más grande que un lobo gris actual: pesaba en promedio 80 kilos y cazaba en manada. También hay un túnel de medusas: una, la melena de león gigante, con tentáculos de más de 37 metros; otra, la medusa fénix, de apenas cuatro milímetros, conocida por ser prácticamente inmortal.
Ya entre los dinosaurios, un reptil volador sobrevuela la sala: el Pteranodon, «ala sin dientes», con una envergadura de hasta nueve metros pero un cuerpo tan liviano que no pesaba más de 50 kilos.
Los dinosaurios argentinos tienen su propio protagonismo en la muestra. El Herrerasaurus, hallado en el Valle de la Luna sanjuanino, con 230 millones de años, es de los más antiguos que se conocen. El Carnotaurus, encontrado en Chubut, debe buena parte de su fama a que se recuperó con la piel casi intacta, algo excepcional para la ciencia. El Condorraptor —de unos siete metros de largo, casi 900 kilos y 165 millones de años de antigüedad— fue hallado a partir de restos óseos dispersos. Recién en 2007 apareció un segundo ejemplar con el 70% del esqueleto articulado. Los guías lo apodan «el ladrón de crías» por robarle huevos a otros dinosaurios.
El propio Barrosasaurus del cierre, con su cuello larguísimo, es también argentino: se describió recién en 2009 a partir de apenas tres vértebras dorsales encontradas en Sierra Barrosa, Neuquén. Giganotosaurus, Condorraptor y Barrosasaurus comparten el mismo destino: gigantes armados por la ciencia a partir de un puñado de huesos.
No todo está resuelto entre los dinosaurios de la muestra. El Spinosaurus, con su enorme vela dorsal, sigue dividiendo a los paleontólogos sobre cuánto tiempo pasaba en el agua. También aparece el Triceratops, cuyos tres cuernos y su gran gola ósea evolucionaron como defensa frente al T-Rex: ambos vivieron en la misma región de América del Norte, en la misma época, como rivales naturales.
En medio del recorrido, el guía se detiene frente a un esqueleto y lanza una pregunta al grupo. Mira a Ignacio Sánchez, de 10 años, y le pide que adivine si los fósiles que tiene delante son verdaderos o una réplica. El chico duda unos segundos antes de responder. Entonces llega la explicación: «En realidad esto sería una réplica». “Los originales —cuenta el guía— son demasiado frágiles y pesados para exhibirse de esa manera: para levantar solo la cabeza de un T. rex real harían falta siete u ocho personas”.
Ignacio llegó a la muestra con muchas ganas —según cuenta su madre, Fernanda, lo convenció rápido apenas se enteró por redes— pero terminó quedándose con los gigantes del final como sus favoritos. «Me dio miedo cuando los vi porque son enormes», dice sobre el T-Rex y el Barrosasaurus. «A los chiquitos sí me gustaría que sean mis mascotas.» Su padre, Federico, que es de San Juan —»lugar de dinosaurios», dice, en referencia al Valle de la Luna— destaca otra cosa: la manera en que el guía dosifica la información. «Lo explica con datos accesibles para los chicos; no les tira información imposible de seguir”, agrega Fernanda.
Esa dosificación es, para el propio Alva, el verdadero oficio del recorrido. Estudiante de tercer año de Medicina, cuenta que empezó a trabajar ahí por sus propios recuerdos de infancia con revistas y libros de dinosaurios, y que buena parte del grupo de guías se conoce de otros trabajos similares en la provincia. «Siempre nos adaptamos al público», dice. «A los más chicos, capaz que les causa más impresión verlos, y ahí hacemos que participen más.»
Las organizadoras, Paola Farinella y Valeria Barría, cuentan que la muestra —premiada en Mar del Plata y ya presentada en Comodoro Rivadavia y Gualeguaychú— llegó a Tucumán después de una gran expectativa generada en redes. Una de sus anécdotas favoritas no ocurre dentro de la carpa: es «Veloci», la mascota de la experiencia, que sale a recorrer el shopping y termina rodeada de familias sacándose fotos.
Antes del final, hay una parada pensada para los más chicos: la Isla de los dinos bebé, donde los mismos animales de la muestra aparecen en su versión cría. Después llega la sala más imponente, con el T-Rex y el Barrosasaurus frente a frente, y el recorrido termina con una propuesta de realidad virtual.
La experiencia funciona en una carpa instalada en el Shopping Portal Yerba Buena, Fermín Cariola 42, hasta el 2 de agosto. Durante las vacaciones de invierno abre de 10 a 22. En la última semana los horarios cambian: miércoles y jueves, de 16 a 20; viernes, de 16 a 21; y sábados y domingos, de 10 a 21. Las entradas se consiguen de manera anticipada por Feverup o en la boletería del shopping. Entre el Herrerasaurus más antiguo y el gigante que todavía se está terminando de descubrir, el recorrido deja una certeza: en materia de dinosaurios grandes, Argentina también juega de local.
