Yerba Buena explotó de orgullo: la celebración que desafió la amargura de la derrota ante España

PUNTO DE ENCUENTRO. El mástil ubicado en el cruce de las avenidas Aconquija y Solano Vera reunió a cientos de tucumanos, que celebraron el subcampeonato de la Selección.

PUNTO DE ENCUENTRO. El mástil ubicado en el cruce de las avenidas Aconquija y Solano Vera reunió a cientos de tucumanos, que celebraron el subcampeonato de la Selección. ANALÍA JARAMILLO / LA GACETA


El ADN del argentino es particular. Procesa las emociones de un modo singular. Intentar describir a un extranjero por qué cientos de personas cantaban y saltaban alrededor del mástil de la avenida Aconquija festejando una final que se perdió, y no una vuelta olímpica, resulta un verdadero desafío.

Se suele hablar mal de los argentinos: se los tilda de soberbios, de ser malos perdedores o de solo valorar el triunfo. No obstante, lo ocurrido en Yerba Buena demostró que también saben sentirse orgullosos. Han aprendido a celebrar las victorias y a sentirse en la cúspide, pero también a reconocer el trayecto recorrido cuando el marcador no es favorable.

En los instantes posteriores a la caída frente a España, las calles de la ciudad se veían vacías. Pero, al cabo de un rato, comenzaron a surgir otras postales: una pareja joven envuelta en una bandera albiceleste besándose sobre la avenida Mate de Luna; un grupo de muchachos en moto alentando a los conductores para que alzaran la mirada y se plegaran a la celebración; y un niño que, desde la vereda, agitaba solitario una bandera argentina.

El mástil situado en la intersección de las avenidas Aconquija y Solano Vera se transformó una vez más en el punto de reunión indiscutido de los vecinos de Yerba Buena. De a poco, la esquina se fue llenando de hinchas, sobre todo jóvenes, que con bengalas de humo, espuma y redoblantes tomaron el lugar.

“Estaba muy triste, pero uno nunca deja de ser argentino y siempre está presente. Vine a festejar aunque hayamos perdido. Somos todos argentinos y hay que alentar igual. Hay que estar en las buenas y en las malas”, comentó Valentín Castro Salazar, de 24 años, mientras abrazaba a su novia y miraba con una sonrisa a la multitud que coreaba y saltaba.

Un poco más retirados, una pareja de mediana edad ondeaba una camiseta con lágrimas. María Álvarez no dudó en expresar lo que sentía. “Quedar en segundo lugar me parece hermoso. No perdimos de mala manera. Estoy feliz, de verdad estoy feliz. Me da pena que seamos tan exitistas; si no ganamos, parece que no podemos festejar, y no es así. No dejamos de ser Argentina. Esta Selección nos representa y creo que es lo mejor que tiene el país en este momento”, aseguró la mujer de 58 años, con los ojos vidriosos.

“Estas no son lágrimas de tristeza, son lágrimas de orgullo. Creo que hasta nos viene bien un baño de humildad. A veces somos muy soberbios porque tenemos al mejor arquero, al mejor goleador o al mejor jugador. Son buenísimos y nos representan, pero siempre podés encontrarte con alguien mejor y hay que aceptarlo”, añadió.

Al mástil llegaron grupos de amigos, parejas y familias enteras con niños. Tal fue el caso de Martina Rivas, quien fue acompañada por su ex marido y su hija. Cada uno llevaba una estrella que representaba uno de los tres campeonatos mundiales que ganó Argentina. “La cuarta estrella la tuve que dejar en casa”, bromeó entre risas. “A pesar del resultado, somos los segundos mejores del mundo y creo que eso también hay que festejarlo. Por eso estamos acá”, expresó emocionada.

FALTÓ LA CUARTA. Martina y su familia posan con estrellas artesanales.
FALTÓ LA CUARTA. Martina y su familia posan con estrellas artesanales. ANALÍA JARAMILLO / LA GACETA


Quizás por todo esto sea tan complejo explicar al argentino. Porque es capaz de llorar una derrota y, apenas unos minutos después, salir a la calle para cantar por aquellos que no pudieron darle otra vuelta olímpica. En Yerba Buena no se festejó una copa ni se intentó maquillar la tristeza. Se celebró el orgullo de haber llegado hasta ahí, el agradecimiento por lo vivido y un sentido de pertenencia que no depende del resultado final.

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