Al igual que la mayoría de los cerca de 400 competidores de las Olimpíadas Intervillas, Carlos Parravicini dedica estos días a su preparación final. Ya establecido en Tafí del Valle, el hombre de 47 años se alista para la Carrera de Montaña, aunque bajo la categoría «libre»: será el único participante con un trasplante en el evento. No competirá por ninguna villa, sino que su presencia estará motivada por su experiencia personal y el mensaje que busca transmitir.
Mientras repone energías tras un exigente entrenamiento en el recorrido del sábado, aprovecha para repasar su vida. El hombre que hoy entrena diez horas semanales, hace seis años estaba postrado, con las piernas tan hinchadas que no las reconocía, alimentándose apenas con papas hervidas y, en sus propias palabras, esperando el desenlace. «Ya estaba cansado; sentía que todo lo que hacía era solo para retrasar lo inevitable», rememora.
El enemigo silencioso
Carlos nació en Tucumán en 1977. Sus primeros años transcurrieron como los de cualquier niño, entre juegos y golosinas. Pero a los 8 años llegó el diagnóstico que definiría gran parte de su existencia: diabetes.
El cambio fue radical. Pasó de jugar todo el día con sus amigos a aprender a aplicarse insulina diariamente y someterse a controles constantes. Pero en aquella época había menos información y, al llegar a la adolescencia, los cuidados se relajaron. De manera imperceptible, la enfermedad siguió su curso.
Se recibió, formó una familia y, por su trabajo en una empresa de tecnología, se radicaron en España, donde retomó los cuidados, pero el avance de la diabetes ya era imparable. Su salud continuó deteriorándose y en 2018 recibió otro duro golpe. Los médicos le informaron que sus riñones y su páncreas habían dejado de funcionar y que sus opciones eran la diálisis de por vida o esperar un trasplante. «Yo no tenía idea sobre la donación de órganos. Creía que era algo que nunca me tocaría», reconoce Parravicini.
Los dos años siguientes fueron los más difíciles. «Iba al hospital cada vez con más frecuencia y volvía llorando porque siempre las noticias eran peores», relata. «Tenía la sensación de que todo mi esfuerzo no servía para nada, y que tarde o temprano ocurriría lo peor», agrega.
Sin embargo, en 2020, justo en el momento más crítico a nivel global, sucedió algo a lo que no estaba acostumbrado: recibió una buena noticia.
Una nueva realidad
Mientras el mundo vivía un caos y miles de personas fallecían, Carlos tuvo su segunda oportunidad. «Cuando nos dijeron que había un donante, mi esposa y yo nos pusimos a llorar», evoca. Aunque había alegría, también había angustia y temor, ya que lo esperaba una cirugía compleja de más de nueve horas.
Todo salió bien, pero la lucha no terminó: durante su recuperación, el COVID se desató en España. «Cada vez que me sacaban de la habitación para un estudio, veía todo colapsado; había gente en el suelo esperando atención», recuerda. El tucumano había salido de una pesadilla para entrar en otra: «Por la pandemia tuve que quedarme solo; mis hijos no podían visitarme, y mi esposa muy de vez en cuando. Cada día moría alguien con COVID y llegaban montones de nuevos enfermos».
La culpa del sobreviviente
Tras más de un mes en el hospital regresó a su casa, pero cargando con lo que los psicólogos denominan «la culpa del sobreviviente».
«Al principio me sentía mal. Pensaba ‘¿Por qué a mí y no a otro? ¿Qué hice yo de bueno para merecer vivir mientras tantos mueren?'», cuenta. Esa sensación no solo tenía que ver con haberse salvado, ni con haber presenciado decenas de muertes durante su internación, sino con la identidad del donante que le permitió renacer.
A pesar del anonimato del sistema, logró saber que su salvador fue un adolescente de 17 años de Castilla-La Mancha que había fallecido en un accidente de moto. «Ese chico, a su corta edad, había decidido que, ante una fatalidad, sus órganos debían servirle a otro. Me tocó a mí, y por eso tengo una responsabilidad eterna con él», afirma.
El deporte para honrar
Una vez que le dieron el alta, su recuperación fue casi inmediata. Al principio los médicos no le permitían correr, así que comenzó a andar en bicicleta: a los cuatro meses ya había completado su primer recorrido de 100 kilómetros. «Antes del trasplante yo era sedentario. Hoy entreno con disciplina. No es solo por mí, es para cuidar el regalo que recibí», explica.
Pronto se enteró de los Juegos Mundiales para Trasplantados y decidió que esa sería su meta para rendir homenaje a su donante. Participó en las ediciones de 2021, 2023 y 2025. «Cuando vas allí conocés a mucha gente que pasó por lo mismo o cosas peores. En lo que todos coinciden es en ese agradecimiento y esa obligación que sienten hacia la persona que les salvó la vida», detalla.
Del mundo a los Valles
Tras la última cita mundialista en Dresden, Alemania, Carlos decidió dejar la bicicleta. «Tuve un problema con una herida, así que tuve que bajarme y empezar con el running. En el asfalto me aburría, pero un día salí a correr por las montañas de Tafí del Valle y me enamoré», indica.
A dos años de haber regresado a vivir a Tucumán, Parravicini tomará parte en las Olimpiadas Intervillas. Aunque no es su primera participación —había estado en 2013 en fútbol—, sí será su debut con un rol que trasciende lo deportivo.
«España es uno de los líderes mundiales en trasplantes. Aquí se ha avanzado, pero todavía nos falta mucho. Por eso quiero usar el deporte para seguir promoviendo la cultura de la donación», señala.
Para Carlos, correr este sábado no se trata de tiempos ni de podios. Su victoria ocurrió hace cuatro años en una cama de hospital en Madrid. Mientras ascienda por los cerros tafinistas, llevará puesta una camiseta de ADETRA (Asociación de Deportistas de la República Argentina) y una bandera con la frase que condensa su historia: «Donar órganos es dar vida».
