
Villa Nougués se erigió, desde sus inicios, como el refugio estival por excelencia para la sociedad tucumana. Este enclave en las yungas, con su aire puro y sus paisajes frondosos, representaba la escapada perfecta ante el calor de la llanura. Más que una simple localidad, se convirtió en una tradición familiar, un destino casi obligado para quienes buscaban frescura y tranquilidad.
Su arquitectura distintiva, con casonas de estilo europeo rodeadas de jardines exuberantes, le otorgaba un carácter único. La vida allí transcurría a otro ritmo, marcado por los paseos, las tertulias en las galerías y el sonido del viento en los árboles. Era común que las familias pasaran allí largas temporadas, forjando recuerdos que perdurarían por generaciones.
La conexión con la naturaleza era total. Los alrededores ofrecían caminatas por senderos serranos, arroyos de agua cristalina y una vegetación que contrastaba fuertemente con el paisaje urbano de San Miguel de Tucumán. Este entorno privilegiado consolidó su fama como el «país de veraneo» para la provincia, un título que resume el afecto y la nostalgia que aún despierta.
Hoy, esas imágenes del archivo no solo documentan un lugar, sino una forma de vida y una época. Nos permiten viajar en el tiempo y apreciar cómo este rincón de la geografía tucumana se grabó a fuego en la memoria colectiva, manteniendo intacto su encanto a través de los años.
