spot_img

Fue parte de la dinastía de Tucumán Rugby y una lesión lo dejó sin Mundial: la historia de Santiago Mesón

Santiago Mesón pasaba sus tardes practicando un ritual que lo llevaría a convertirse en uno de los mejores pateadores de rugby argentino. A los 15 años, mientras otros descansaban en Yerba Buena, él se dirigía a Tucumán Rugby con una misión simple pero obsesiva: perfeccionar cada uno de sus movimientos. Durante una o dos horas, repetía el mismo gesto frente a los postes, ajustaba detalles y volvía a intentar. Esa dedicación sistemática revelaba algo que Mesón comprendió temprano: el talento sin disciplina no alcanza.

Para él, la precisión era ante todo resultado del trabajo. No creía en rituales mágicos ni en atajos. La técnica requería algo que superaba lo mecánico: confianza absoluta. Antes de cada ejecución, Mesón visualizaba mentalmente la trayectoria del balón. Imaginaba cómo atravesaría los postes incluso antes de golpearla. Esa comunión entre la mente y el gesto corporal lo transformó en uno de los especialistas más destacados de su generación.

Su historia en el rugby comenzó en la infancia. A los ocho años, su padre lo llevó junto a su hermano Patricio, de seis, a probar en Tucumán Rugby. Vivían cerca del club, en una Yerba Buena que poco se parecía a la actual: tranquila, sin demasiado tránsito ni construcciones. Hasta entonces, las tardes de ambos hermanos giraban alrededor del fútbol. Eran hinchas de San Martín y los domingos concurrían a la cancha. Sin embargo, aquella mañana de sábado en el club cambió sus vidas. La pelota ovalada les gustó tanto que nunca dejaron de jugar. El fútbol quedó relegado a encuentros ocasionales mientras el rugby se convirtió en su pasión y forma de vida.

El contexto también ayudó. Tucumán Rugby no era el club dominante de entonces. La institución recién comenzaba a consolidarse hacia mediados de los ochenta con una camada que incluía nombres como Agustín Macome y Martín Terán. Cuando Mesón debutó en Primera a los 17 años, el equipo todavía estaba lejos de su futuro esplendor. Sin embargo, desde 1988 hasta 1993, la combinación de buenos jugadores y entrenadores capacitados permitió al club conquistar seis campeonatos consecutivos. Su crecimiento personal coincidió exactamente con la transformación del rugby tucumano.

En 1985, como hincha, había celebrado el primer Campeonato Argentino de la Naranja. Dos años después comenzó a recibir convocatorias para representar a la provincia. Luego llegarían las citaciones a Los Pumas, aunque ese camino resultaría más complejo. El plantel estaba copado por figuras en el final de sus carreras como Hugo Porta, Eliseo Branca y Marcelo Loffreda. La brecha de edad y experiencia era enorme. Mesón necesitó tiempo y paciencia para encontrar su lugar.

El Mundial de 1991 le dejó un sabor amargo. Viajó con el seleccionado argentino pero prácticamente no actuó. Solo ingresó unos minutos en el último partido contra Samoa, cuando la eliminación ya era un hecho. No buscó excusas. Entendió que había jugadores mejores y se propuso una meta: esforzarse más para dejar de ser suplente.

Esa frustración funcionó como catalizador. El año 1992 marcó un punto de inflexión en su carrera. Primero, Tucumán logró una victoria histórica frente a Francia en la cancha de Atlético, ganando por 25-23. Mesón aportó 20 puntos a ese triunfo. Después vino Nantes, donde Los Pumas vencieron a los franceses por 24-20 con 21 tantos del tucumano. Argentina alcanzaba una victoria memorable como visitante. Para él, era la confirmación de que podía brillar ante los mejores.

Detrás de esos puntos estaban aquellas siestas de Yerba Buena, los movimientos repetidos miles de veces y la confianza construida laboriosamente. El adolescente que pateaba sin público se había transformado en protagonista de encuentros históricos. Mesón reconoce que aquella temporada representó un antes y un después en su carrera. Su nombre dejaba de estar asociado solo a actuaciones provinciales para demostrar su jerarquía con Los Pumas.

Sin embargo, el rugby nunca fue su única vocación. Desde pequeño sabía que quería ser médico, específicamente oftalmólogo. Estudió Medicina mientras entrenaba y viajaba con los seleccionados, llevando apuntes a las giras y aprovechando cada momento disponible. Su disciplina característica resultó decisiva nuevamente. Se recibió en siete años, apenas dos días antes que su compañero de estudios habitual. En marzo de 1994 terminó la carrera y se mudó a Buenos Aires para especializarse.

En la capital eligió jugar en el SIC, no buscando comodidad sino un club exigente que lo obligara a mantener su nivel. La competencia era tan rigurosa que, a pesar de integrar Los Pumas, comenzó jugando en divisiones inferiores. Pasó varios meses ganándose un puesto hasta que una lesión de Loffreda abrió la oportunidad. Mesón la aprovechó, y ese mismo año celebró otro campeonato.

Todo parecía converger hacia 1995. Había trabajado específicamente para llegar al Mundial en su mejor forma. Argentina contaba con un plantel que lo ilusionaba. Pero en el último partido de una gira preparatoria por Australia ocurrió lo impensado. Recibió un tackle y supo inmediatamente que algo grave había sucedido. No necesitó diagnóstico para comprender que se quedaba afuera del torneo.

Faltaban apenas 15 días. Requirió operación e utilizó muletas. Le ofrecieron viajar como acompañante, pero rechazó. Era demasiado doloroso. Terminó viendo el Mundial por televisión desde Tucumán, sintiendo impotencia mientras Argentina perdía sus encuentros. Estaba convencido de que su capacidad como pateador hubiera podido marcar una diferencia. «Fue un duro golpe anímicamente», reconoce. Esta vez, ninguna preparación podía cambiar lo ocurrido.

Regresó a las canchas, aunque recuperar su mejor nivel llevó tiempo. En 1997 volvió a sentirse competitivo. Dos años después decidió retirarse. Ya ejercía como médico y las exigencias de trasladarse para entrenar resultaban cada vez mayores. No hubo una despedida dramática. Comprendió que había llegado el momento natural. Continuó trabajando en Buenos Aires hasta 2009, cuando resolvió volver a Tucumán.

Hoy vive nuevamente en Yerba Buena, cerca de sus amigos, su familia y los lugares donde todo comenzó. Dice que la distancia le enseñó a valorar una calidad de vida que antes daba por sentada. Cuando mira hacia atrás, no habla de cuentas pendientes ni del Mundial perdido. Su balance es tranquilo. «No me guardé nada», asegura. El rugby le entregó amistades, disciplina y recuerdos extraordinarios. Y aquellas tardes de práctica solitaria frente a los postes, cuando era apenas un adolescente con una pelota, lo llevaron mucho más lejos de lo que alguna vez imaginó.

Artículos Relacionados

Últimas Noticias