Poetizar, de la muerte a la vida

Para Manuel Serrano Pérez, hombre bueno y justo del Tucumán In memoriam
Poetizar, de la muerte a la vida
-“Contéstales con un poema, Manolo”-
Poéticamente habita el hombre sobre la tierra, poetiza el poeta alemán.  Y lo que va a permanecer, lo fundan los poetas; continúa su canto.  En los años de la Guerra Civil Española (1936-1939), un joven tucumano, Manuel Serrano Pérez (1917) garabateaba sus primeros poemas. Por esos años, su padre -un comerciante español inmigrado, radicado en nuestra provincia- junto a otros connacionales que residían en el mismo Tucumán, creaba el Centro Republicano Español, para dar batalla al “nacionalcatolicismo” de Francisco Franco. Serrano Pérez, Manolo para sus amigos, vivió su juventud ocupando esas trincheras y tomando parte de esas tertulias republicanas en Buenos Aires y en Tucumán. Allí alternó con grandes poetas y pensadores españoles que continuaban la lucha contra la dictadura del franquismo desde el forzado exilio sudamericano.
En el año 1949, invitado por la Facultad de Filosofía y Letras –por mediación del profesor Balmori, del decano Parpagnoli y del rector Descole-, visita Tucumán ese inmenso poeta que es León Felipe, quien le pedía al Quijote: “ponme a la grupa contigo”. “Era un gran poeta de la República Española; parecía un profeta, y acababa de publicar su poemario de la épica republicana `Ganarás la luz´”, dice Manolo. En Buenos Aires, nuestro Jorge Luis Borges –en cambio- le había estigmatizado como un “gallego gritón”, a lo que el poeta le replicó con un artículo publicado en “Cuadernos Americanos”, que tituló: “¿Por qué habla tan alto el español?”  . “¡Son tres veces, tres veces, tres veces, decía don León, en las que tuvimos que desgañitarnos en la historia hasta desgarrarnos la laringe: La primera fue con Colón, cuando descubrimos América y tuvimos que gritar Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!… La segunda fue cuando salió por el mundo, grotescamente vestido, con una lanza rota y una visera de papel, aquel estrafalario fantasma de La Mancha, lanzando al viento desaforadamente esta palabra de luz olvidada por los hombres: ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!; también entonces había motivos para hablar alto. El otro grito es más reciente, dice el poeta español, y yo también estuve en el coro. Fue el que dimos sobre la colina de Madrid, el año 1936 –al inicio de la Guerra Civil Española-, para prevenir a la majada, para soliviantar a los cabreros, para despertar al mundo: ¡Eh! ¡Que viene el lobo!  ¡Eh! ¡Que viene el lobo!  ¡Eh! ¡Que viene el lobo! … Y, el que dijo Tierra y el que dijo Justicia es el mismo que advertía a los pastores ¡Eh! ¡Que viene el lobo!”. Esa toma de la palabra en alta voz hacía resonar –hacia atrás y hacia adelante en el tiempo- el evangelio quijotesco de salir al mundo a desfacer entuertos, honrar a su dama y ayudar a todo hombre que esté en aprietos. Esos eran los quijotescos pergaminos del poemario de León Felipe.
Grupúsculos nacionalistas recriminan al decano Parpagnoli que dejara hablar mal de la “cruzada” nacionalcatólica del caudillo español. La primera de las tres conferencias de León Felipe programadas para la ocasión se hizo a sala colmada en el Colegio Nacional de calle Muñecas al 800; en medio de la misma, cortaron la luz, atronaron los petardos y volaban papelitos de los derechistas revoltosos. Manolo, acompañado por su entonces novia Mecha (Mercedes Nadra, con quien se casaría al año siguiente), junto al resto de los asistentes tuvieron que desalojar la sala, saliendo hacia la Plaza Urquiza; luego, convocados a voz en cuello por Raúl Galán (uno de los fundadores del movimiento poético La Carpa) retornaron para que se prosiguiera la charla interrumpida. A resultas de ello León Felipe fue citado a la policía federal, a donde fue acompañado por Manolo; ante la imputación policial de haber provocado ese disturbio, en su descargo replicó: “no hice ningún escándalo, pronuncié mi poesía, toda ella consagrada al pueblo español y en aras de la República Española y de su lucha en la Guerra Civil”, evoca Manolo. León Felipe, además, decía a quien quisiera oírle que la poesía del joven tucumano que le acompañaba era la mejor poesía del interior del país, por eso ante los desaires políticos y poéticos recibidos en esas jornadas, el poeta español le dijo en esas jornadas al joven tucumano: “No te preocupes Manolo, contéstales con un poema”.
Y desde entonces hasta hoy, contra viento y marea, Manolo persiste en la escritura de su poema.  Viene afrontando los azotes que le viene propinando la vida: la desaparición de su hijo Eduardo durante la noche criminal argentina, y las muertes tempranas de su hija Liliana y de su compañera de toda la vida, Mercedes… A todas esas hondas heridas que viene recibiendo, Manolo les responde pertrechado con las palabras de su poema. El 28 de marzo de 1982, Manuel Serrano Pérez, da a luz su poemario Con el mundo encima. Simbólica fecha para simbólicos dones. Cinco días después acontecía la Guerra de Malvinas; principio del fin de la tenebrosa y sangrienta noche oscura de los argentinos.  Sólo cuando “pude vencer de pie el horizonte”, dice el poeta, dejé atrás “la primera tiniebla”.
Como el poeta, los argentinos atravesamos la noche, andando “más de espina en espina que al amparo del nido, del regazo. (Y) Supe entonces, de la agonía -a cara descubierta- de un implacable muro y del pelotón de fusilamiento”.  León Felipe sabía decir que la poesía es un arma cargada de futuro. Y ¿cuál es el arma del poeta?  Es la palabra; la palabra “como ciudades acogedoras” donde habitar; la palabra como “instrumento de aplacar inclemencias”; palabras “como rostros que me enseñaron a compartir afanes, promesas, esperanzas”.  Con el mundo encima se abre con una poesía de los elementos: el fuego, el aire, el agua, la tierra.  El poeta pone en juego las palabras que, en el corazón y en los labios, recuerdan la vida y olvidan la muerte; recuerdos y olvidos de la ceremonia interrumpida.  Y esa herida abierta por el poema en la carne viva del poeta, se cierra en los desenlaces.
Pero, ¿de qué estamos hablando, amable lector? Usted, como yo, hombre común y corriente, está muy urgido por cosas más apremiantes que por el mero jugar con las palabras del “puro verso”.  La ya mítica doña Rosa no puede detener su paso apresurado hacia el mercado, la escuela o la farmacia leyendo poemas.  No obstante, caro lector, le invito cordialmente a que se detenga a escuchar las voces del poema Con el mundo encima de Serrano Pérez. Supe del poeta tucumano temprana y entrañablemente. Tenía trece años; en el país de mi adolescencia, mis veleidades literarias admiraban al poeta, papá de Eduardo Serrano, mi compañero del secundario, en el Gymnasium… luego compañero universitario en la carrera de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras. Eduardo también escribía bellos poemas. Rapaces, fisgoneábamos la biblioteca paterna de la casa de la calle San Juan casi Junín. Bajo su vigilia de maestro, nos iniciábamos como aprendices de versos enamorados y canciones desesperadas. El oficio de su palabra era el norte de esas peripecias líricas.  Manolo, todo un hombre consagrado a la poesía.
Un hombre de la palabra; comprometido con todo el hombre, con todos los hombres.  Entre nosotros, su aura era la de quien tendía puentes entre las lenguas de los hombres, hermanándolos; hermanándonos.  Ya entonces supe de su sutil y bello arte de hermanar las letras rumanas y las letras castellanas. Cuando hoy releo su traducción de La sonrisa de Hiroshima de Eugen Jebeleanu, puedo comprender la vecindad de la palabra del poeta y la palabra del profeta. Lo dijo Manolo de León Felipe y lo dice Miguel Ángel Asturias del gran poeta rumano y se ajusta a nuestro poeta tucumano: como en los sueños, el poeta copia en un espejo negro lo monstruoso de la vida. Sólo el poeta sabrá lo que dice, por hallarse anticipadamente presente en las terribles verificaciones finales.
Manuel Serrano Pérez, traductor de aquel apocalipsis lírico, es el poeta que ha sabido poner en palabras esos dolores y muertes, tan nuestros y tan íntimos. Su poema nos conduce y acompaña por el trágico viaje a la noche argentina.  Y sabe muy bien de qué habla cuando se empecina en recordar la vida y olvidar la muerte.  Poema de días y de noches; de recuerdos y de olvidos, de vida y de muerte.  Ante tanta noche y tanta muerte nuestro poeta grita: “nosotros ya no podemos dejar de estar en la página siguiente’ aunque la hayan arrancado”.  Y es en Hiroshima donde la esperanza alumbró la sonrisa que venció a la muerte.  El poeta llora, pero la sonrisa no le abandona.
 
La Sonrisa de Hiroshima
-Jamás una bomba atómica o un asesino volverán a destruir una sonrisa-
 
«Escribo al borde de la destrucción y la única arma que poseo es la memoria”, dice el poeta tucumano.  Eduardo Serrano es la página siguiente arrancada por los sicarios de la noche argentina. El padre-poeta y los compañeros-amigos queremos sabernos inscriptos en esa página.  Únicamente en el otoño no tiene su palabra el fuego, dice el poeta. “Es tarde en la memoria; quedamos vacíos, sin raíces; a tientas por el humo en una jaula de llorar a solas. En el aire, el poeta dice que hay un pantano al mediodía que recobra jazmines del olvido. Redobles de campanas secretas, prolongan los miedos de la noche, por el aire… Entre el vino y el pan, el agua, al tercer día de las resurrecciones, deja a sus muertos en la playa. Precisamente, el cielo en esas horas se vacía de pájaros y es casi obligatorio acudir al olvido para seguir viviendo. Que la tierra asuma el compromiso de fecundar semillas; invadiendo la luz y la madera con dioses y con muertos incesantes”. El poeta vuelve a decir: “Somos tierra también, cuando llegaste pude llevar el corazón hasta tus ojos y con el arma poderosa de matar el luto -horas contadas de página nueva-, con este mundo encima, romper el cauce de la vida, de las revelaciones. Es preciso acudir al olvido para seguir viviendo”. Pero, repitamos, “escribo al borde de la destrucción y la única arma que poseo es la memoria. Estuve con el llanto, la impotencia… Quiero decir, el rostro de mi padre y de las criaturas tatuadas por mi tiempo, que atraviesan el surco, y ya sé por qué muero cada día”. Ante tanta noche, el poeta puede decir, hoy ha nacido el día.
“¿Acaso es simple esta agonía si desde el labio a la cabeza van los ríos del mundo exigiendo de veras una cuota de olvido?”, pregunta el poeta. “¿Cuál es el arma que me piden? ¿A quién debo matar ahora para seguir con vida? Prosigo con mi piel entre paredes, porque sé lo que amo, todavía”… bella resonancia de Antonio Machado: hoy es siempre todavía.  Y también es soledad poder quedarse en esta orilla. Nosotros ya no podemos dejar de estar en la página siguiente aunque la hayan arrancado. “Y alguien que piense como yo, dice el poeta, advertirá que los puñales son anticipo de la muerte si las rúbricas de odio los esgrimen y empujan.  Tal vez el miedo, cobarde y asesino, necesite ocultarse siempre tras los anteojos negros.  Tal vez crean que es preciso aventar las palomas de todas las cornisas. Pero yo insisto en recobrar la vida y en caminos que nos permitan volver hacia los hombres”.
La imagen del alfiler sujetando los colores de una mariposa, me asedia, pero no impide la fruición de la vida; dice el poeta. “La muerte es un monstruo de mil caras; pero entiendo la vida como incesante conquista que la muerte no oscurece ni elimina. La sonrisa de Hiroshima nos enseña que el demonio ama los precipicios llenos de noche. El demonio odia la sonrisa con su loca confianza en la luz. El demonio, la noche y la muerte odian al poeta; en sus ojos hay lágrimas, pero la sonrisa no le abandona”.
 
Ramón Eduardo Ruiz Pesce

Para Manuel Serrano Pérez, hombre bueno y justo del Tucumán In memoriam

Poetizar, de la muerte a la vida

-“Contéstales con un poema, Manolo”-

Poéticamente habita el hombre sobre la tierra, poetiza el poeta alemán.  Y lo que va a permanecer, lo fundan los poetas; continúa su canto.  En los años de la Guerra Civil Española (1936-1939), un joven tucumano, Manuel Serrano Pérez (1917) garabateaba sus primeros poemas. Por esos años, su padre -un comerciante español inmigrado, radicado en nuestra provincia- junto a otros connacionales que residían en el mismo Tucumán, creaba el Centro Republicano Español, para dar batalla al “nacionalcatolicismo” de Francisco Franco. Serrano Pérez, Manolo para sus amigos, vivió su juventud ocupando esas trincheras y tomando parte de esas tertulias republicanas en Buenos Aires y en Tucumán. Allí alternó con grandes poetas y pensadores españoles que continuaban la lucha contra la dictadura del franquismo desde el forzado exilio sudamericano.

En el año 1949, invitado por la Facultad de Filosofía y Letras –por mediación del profesor Balmori, del decano Parpagnoli y del rector Descole-, visita Tucumán ese inmenso poeta que es León Felipe, quien le pedía al Quijote: “ponme a la grupa contigo”. “Era un gran poeta de la República Española; parecía un profeta, y acababa de publicar su poemario de la épica republicana `Ganarás la luz´”, dice Manolo. En Buenos Aires, nuestro Jorge Luis Borges –en cambio- le había estigmatizado como un “gallego gritón”, a lo que el poeta le replicó con un artículo publicado en “Cuadernos Americanos”, que tituló: “¿Por qué habla tan alto el español?”  . “¡Son tres veces, tres veces, tres veces, decía don León, en las que tuvimos que desgañitarnos en la historia hasta desgarrarnos la laringe: La primera fue con Colón, cuando descubrimos América y tuvimos que gritar Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!… La segunda fue cuando salió por el mundo, grotescamente vestido, con una lanza rota y una visera de papel, aquel estrafalario fantasma de La Mancha, lanzando al viento desaforadamente esta palabra de luz olvidada por los hombres: ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!; también entonces había motivos para hablar alto. El otro grito es más reciente, dice el poeta español, y yo también estuve en el coro. Fue el que dimos sobre la colina de Madrid, el año 1936 –al inicio de la Guerra Civil Española-, para prevenir a la majada, para soliviantar a los cabreros, para despertar al mundo: ¡Eh! ¡Que viene el lobo!  ¡Eh! ¡Que viene el lobo!  ¡Eh! ¡Que viene el lobo! … Y, el que dijo Tierra y el que dijo Justicia es el mismo que advertía a los pastores ¡Eh! ¡Que viene el lobo!”. Esa toma de la palabra en alta voz hacía resonar –hacia atrás y hacia adelante en el tiempo- el evangelio quijotesco de salir al mundo a desfacer entuertos, honrar a su dama y ayudar a todo hombre que esté en aprietos. Esos eran los quijotescos pergaminos del poemario de León Felipe.

Grupúsculos nacionalistas recriminan al decano Parpagnoli que dejara hablar mal de la “cruzada” nacionalcatólica del caudillo español. La primera de las tres conferencias de León Felipe programadas para la ocasión se hizo a sala colmada en el Colegio Nacional de calle Muñecas al 800; en medio de la misma, cortaron la luz, atronaron los petardos y volaban papelitos de los derechistas revoltosos. Manolo, acompañado por su entonces novia Mecha (Mercedes Nadra, con quien se casaría al año siguiente), junto al resto de los asistentes tuvieron que desalojar la sala, saliendo hacia la Plaza Urquiza; luego, convocados a voz en cuello por Raúl Galán (uno de los fundadores del movimiento poético La Carpa) retornaron para que se prosiguiera la charla interrumpida. A resultas de ello León Felipe fue citado a la policía federal, a donde fue acompañado por Manolo; ante la imputación policial de haber provocado ese disturbio, en su descargo replicó: “no hice ningún escándalo, pronuncié mi poesía, toda ella consagrada al pueblo español y en aras de la República Española y de su lucha en la Guerra Civil”, evoca Manolo. León Felipe, además, decía a quien quisiera oírle que la poesía del joven tucumano que le acompañaba era la mejor poesía del interior del país, por eso ante los desaires políticos y poéticos recibidos en esas jornadas, el poeta español le dijo en esas jornadas al joven tucumano: “No te preocupes Manolo, contéstales con un poema”.

Y desde entonces hasta hoy, contra viento y marea, Manolo persiste en la escritura de su poema.  Viene afrontando los azotes que le viene propinando la vida: la desaparición de su hijo Eduardo durante la noche criminal argentina, y las muertes tempranas de su hija Liliana y de su compañera de toda la vida, Mercedes… A todas esas hondas heridas que viene recibiendo, Manolo les responde pertrechado con las palabras de su poema. El 28 de marzo de 1982, Manuel Serrano Pérez, da a luz su poemario Con el mundo encima. Simbólica fecha para simbólicos dones. Cinco días después acontecía la Guerra de Malvinas; principio del fin de la tenebrosa y sangrienta noche oscura de los argentinos.  Sólo cuando “pude vencer de pie el horizonte”, dice el poeta, dejé atrás “la primera tiniebla”.

Como el poeta, los argentinos atravesamos la noche, andando “más de espina en espina que al amparo del nido, del regazo. (Y) Supe entonces, de la agonía -a cara descubierta- de un implacable muro y del pelotón de fusilamiento”.  León Felipe sabía decir que la poesía es un arma cargada de futuro. Y ¿cuál es el arma del poeta?  Es la palabra; la palabra “como ciudades acogedoras” donde habitar; la palabra como “instrumento de aplacar inclemencias”; palabras “como rostros que me enseñaron a compartir afanes, promesas, esperanzas”.  Con el mundo encima se abre con una poesía de los elementos: el fuego, el aire, el agua, la tierra.  El poeta pone en juego las palabras que, en el corazón y en los labios, recuerdan la vida y olvidan la muerte; recuerdos y olvidos de la ceremonia interrumpida.  Y esa herida abierta por el poema en la carne viva del poeta, se cierra en los desenlaces.

Pero, ¿de qué estamos hablando, amable lector? Usted, como yo, hombre común y corriente, está muy urgido por cosas más apremiantes que por el mero jugar con las palabras del “puro verso”.  La ya mítica doña Rosa no puede detener su paso apresurado hacia el mercado, la escuela o la farmacia leyendo poemas.  No obstante, caro lector, le invito cordialmente a que se detenga a escuchar las voces del poema Con el mundo encima de Serrano Pérez. Supe del poeta tucumano temprana y entrañablemente. Tenía trece años; en el país de mi adolescencia, mis veleidades literarias admiraban al poeta, papá de Eduardo Serrano, mi compañero del secundario, en el Gymnasium… luego compañero universitario en la carrera de Historia en la Facultad de Filosofía y Letras. Eduardo también escribía bellos poemas. Rapaces, fisgoneábamos la biblioteca paterna de la casa de la calle San Juan casi Junín. Bajo su vigilia de maestro, nos iniciábamos como aprendices de versos enamorados y canciones desesperadas. El oficio de su palabra era el norte de esas peripecias líricas.  Manolo, todo un hombre consagrado a la poesía.

Un hombre de la palabra; comprometido con todo el hombre, con todos los hombres.  Entre nosotros, su aura era la de quien tendía puentes entre las lenguas de los hombres, hermanándolos; hermanándonos.  Ya entonces supe de su sutil y bello arte de hermanar las letras rumanas y las letras castellanas. Cuando hoy releo su traducción de La sonrisa de Hiroshima de Eugen Jebeleanu, puedo comprender la vecindad de la palabra del poeta y la palabra del profeta. Lo dijo Manolo de León Felipe y lo dice Miguel Ángel Asturias del gran poeta rumano y se ajusta a nuestro poeta tucumano: como en los sueños, el poeta copia en un espejo negro lo monstruoso de la vida. Sólo el poeta sabrá lo que dice, por hallarse anticipadamente presente en las terribles verificaciones finales.

Manuel Serrano Pérez, traductor de aquel apocalipsis lírico, es el poeta que ha sabido poner en palabras esos dolores y muertes, tan nuestros y tan íntimos. Su poema nos conduce y acompaña por el trágico viaje a la noche argentina.  Y sabe muy bien de qué habla cuando se empecina en recordar la vida y olvidar la muerte.  Poema de días y de noches; de recuerdos y de olvidos, de vida y de muerte.  Ante tanta noche y tanta muerte nuestro poeta grita: “nosotros ya no podemos dejar de estar en la página siguiente’ aunque la hayan arrancado”.  Y es en Hiroshima donde la esperanza alumbró la sonrisa que venció a la muerte.  El poeta llora, pero la sonrisa no le abandona. 

La Sonrisa de Hiroshima

-Jamás una bomba atómica o un asesino volverán a destruir una sonrisa- «Escribo al borde de la destrucción y la única arma que poseo es la memoria”, dice el poeta tucumano.  Eduardo Serrano es la página siguiente arrancada por los sicarios de la noche argentina. El padre-poeta y los compañeros-amigos queremos sabernos inscriptos en esa página.  Únicamente en el otoño no tiene su palabra el fuego, dice el poeta. “Es tarde en la memoria; quedamos vacíos, sin raíces; a tientas por el humo en una jaula de llorar a solas. En el aire, el poeta dice que hay un pantano al mediodía que recobra jazmines del olvido. Redobles de campanas secretas, prolongan los miedos de la noche, por el aire… Entre el vino y el pan, el agua, al tercer día de las resurrecciones, deja a sus muertos en la playa. Precisamente, el cielo en esas horas se vacía de pájaros y es casi obligatorio acudir al olvido para seguir viviendo. Que la tierra asuma el compromiso de fecundar semillas; invadiendo la luz y la madera con dioses y con muertos incesantes”. El poeta vuelve a decir: “Somos tierra también, cuando llegaste pude llevar el corazón hasta tus ojos y con el arma poderosa de matar el luto -horas contadas de página nueva-, con este mundo encima, romper el cauce de la vida, de las revelaciones. Es preciso acudir al olvido para seguir viviendo”. Pero, repitamos, “escribo al borde de la destrucción y la única arma que poseo es la memoria. Estuve con el llanto, la impotencia… Quiero decir, el rostro de mi padre y de las criaturas tatuadas por mi tiempo, que atraviesan el surco, y ya sé por qué muero cada día”.

Ante tanta noche, el poeta puede decir, hoy ha nacido el día.“¿Acaso es simple esta agonía si desde el labio a la cabeza van los ríos del mundo exigiendo de veras una cuota de olvido?”, pregunta el poeta. “¿Cuál es el arma que me piden? ¿A quién debo matar ahora para seguir con vida? Prosigo con mi piel entre paredes, porque sé lo que amo, todavía”… bella resonancia de Antonio Machado: hoy es siempre todavía.  Y también es soledad poder quedarse en esta orilla. Nosotros ya no podemos dejar de estar en la página siguiente aunque la hayan arrancado. “Y alguien que piense como yo, dice el poeta, advertirá que los puñales son anticipo de la muerte si las rúbricas de odio los esgrimen y empujan.  Tal vez el miedo, cobarde y asesino, necesite ocultarse siempre tras los anteojos negros.  Tal vez crean que es preciso aventar las palomas de todas las cornisas. Pero yo insisto en recobrar la vida y en caminos que nos permitan volver hacia los hombres”.

La imagen del alfiler sujetando los colores de una mariposa, me asedia, pero no impide la fruición de la vida; dice el poeta. “La muerte es un monstruo de mil caras; pero entiendo la vida como incesante conquista que la muerte no oscurece ni elimina. La sonrisa de Hiroshima nos enseña que el demonio ama los precipicios llenos de noche. El demonio odia la sonrisa con su loca confianza en la luz. El demonio, la noche y la muerte odian al poeta; en sus ojos hay lágrimas, pero la sonrisa no le abandona”. 

Ramón Eduardo Ruiz Pesce

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