Conocer la verdad, creer en la verdad, saber la verdad de Dios

Algunos sostienen, paradójicamente, que no se puede conocer la verdad en absoluto. Otros afirman que cada uno tiene su verdad y que no existe “la verdad”. Otros creemos que, para conocer la verdad hay que creerle a quien es La Verdad.
 
Conocer la verdad, creer en la verdad, saber la verdad de Dios
¿Creemos porque sabemos o sabemos porque creemos?
 
¿Sabe usted algo o no sabe nada? ¿Está bien seguro de que lo sabe o sólo lo “cree” y tiene de ello .sólo una opinión? ¿Lo sabe “a ciencia cierta” o sólo “lo cree”? Y hablando de creer, cuando usted cree firmemente en algo o lo que es más fundamental, cuando usted le cree a alguien, piensa usted que lo que usted cree es Verdadero y cierto?  Por supuesto, replicará usted con airada y legítima razón.  Uno no va por ahí creyendo mentiras o falsedades.
Aristóteles, el filósofo, creía que los hombres naturalmente deseamos saber; y lo que deseamos saber es la verdad.  Creía también que ningún deseo quedaría insatisfecho, y para aplacar esta sed de saber verdadero, confiaba firmemente en que nuestra mente o espíritu, tenía el poder y el coraje para conocer la verdad.  La filosofía primera, la más importante y elevada, afirmaba categóricamente Aristóteles, es una ciencia de la verdad.
No obstante todo ello y por las comprometedoras preguntas que le hice al comienzo, amable lector, lo único que a estas alturas quizá le quede más o menos claro es que no hay nada demasiado claro en las cosas del saber y en las cosas del creer.  En el mejor de los casos, usted y yo, mortales comunes y corrientes de medianas luces, quizá, Dios quiera, terminemos adhiriendo a la docta ignorancia que encamó Sócrates y, yendo a su escuela, nos esforcemos, para acercarnos paulatinamente a conocer la verdad.
Pero, entonces, ¿en qué consiste creer? ¿en qué consiste saber?  He ahí un par de cuestiones funda, mentales para no caer a las oscuras fauces de la indocta ignorancia o quedar sumidos en los tenebrosos abismos de nuestra culposa necedad.  En esta senda del saber y del creer, parece, estamos una vez más ante “la locura y la necedad” del mensaje de Cristo. Un Dios que se oculta a los sofistas y “sabios de este mundo” y se manifiesta a los humildes. Para el Evangelio, los que se envanecen serán humillados; y los que se humillan serán ensalzados. Ésta la paradoja de la sabiduría evangélica: los hombres que no saben nada y los que saben que no saben nada, esos son los verdaderos sabios.  En este punto, parece, la escuela de Jesús y la de Sócrates enseñan lo mismo.  Y dicen que Sócrates dijo “sólo sé que no sé nada”.  Y parece ser, según dicen, que esas palabras son el signo de la mayor sabiduría que supieron pronunciar los labios de un hombre.  Con toda razón, preguntará usted que cómo sé yo que eso que dicen de la gran sabiduría de Sócrates es cierto.  Yo ni siquiera tengo la fortuna del presidente Carlos Menem de haber leído las “obras completas” del famoso griego, y así poder dar fe y testimoniar que he leído con mis propios ojos lo que aquel griego grande y humilde supo decir.  Puestas así las cosas me tengo que contentar con contestarle que, a ciencia cierta, no lo sé, pero sí lo creo; y lo creo con firmeza. ¿Cómo creo y sé que es verdad esto?  Lo creo y sé porque le creo a Platón; creo en lo que -él ha dicho de su maestro- a través de sus palabras, creo, el discípulo pinta a su maestro como maestro del saber, del diálogo y del buen vivir. Me convenció, pero para convencerme he tenido que remontar río arriba las aguas de la confianza en mis maestros contemporáneos… hasta llegar, aguas arriba, a la confianza en el primer testigo, fuente y nutriente de todos los otros testimonios para mí creíbles que me hacen aceptar firmemente como verdadero y cierto que Sócrates dijo que sólo sabía que no sabía nada.
Usted se preguntará, amable lector, hasta qué punto para conocer la verdad tengo que hacer pie en el sapiente creer de la fe.  Le respondo, no hay otra posibilidad; lo sepa usted o no; lo admita usted o no, sus creencias fundamentan su ciencia; su fe fundamenta su razón; lo que usted acepta sin ver es lo que le permite ver o entrever algo. Creer para entender reza la inteligente fe de nuestros mayores.
 
7 de junio de 1998

*Publicación original: Siglo XXI, 7 de junio de 1998

Algunos sostienen, paradójicamente, que no se puede conocer la verdad en absoluto. Otros afirman que cada uno tiene su verdad y que no existe “la verdad”. Otros creemos que, para conocer la verdad hay que creerle a quien es La Verdad.

¿Creemos porque sabemos o sabemos porque creemos?

¿Sabe usted algo o no sabe nada? ¿Está bien seguro de que lo sabe o sólo lo “cree” y tiene de ello sólo una opinión? ¿Lo sabe “a ciencia cierta” o sólo “lo cree”? Y hablando de creer, cuando usted cree firmemente en algo o lo que es más fundamental, cuando usted le cree a alguien, piensa usted que lo que usted cree es Verdadero y cierto?  Por supuesto, replicará usted con airada y legítima razón.  Uno no va por ahí creyendo mentiras o falsedades.

Aristóteles, el filósofo, creía que los hombres naturalmente deseamos saber; y lo que deseamos saber es la verdad.  Creía también que ningún deseo quedaría insatisfecho, y para aplacar esta sed de saber verdadero, confiaba firmemente en que nuestra mente o espíritu, tenía el poder y el coraje para conocer la verdad.  La filosofía primera, la más importante y elevada, afirmaba categóricamente Aristóteles, es una ciencia de la verdad.No obstante todo ello y por las comprometedoras preguntas que le hice al comienzo, amable lector, lo único que a estas alturas quizá le quede más o menos claro es que no hay nada demasiado claro en las cosas del saber y en las cosas del creer.  En el mejor de los casos, usted y yo, mortales comunes y corrientes de medianas luces, quizá, Dios quiera, terminemos adhiriendo a la docta ignorancia que encamó Sócrates y, yendo a su escuela, nos esforcemos, para acercarnos paulatinamente a conocer la verdad.

Pero, entonces, ¿en qué consiste creer? ¿en qué consiste saber?  He ahí un par de cuestiones funda, mentales para no caer a las oscuras fauces de la indocta ignorancia o quedar sumidos en los tenebrosos abismos de nuestra culposa necedad.  En esta senda del saber y del creer, parece, estamos una vez más ante “la locura y la necedad” del mensaje de Cristo. Un Dios que se oculta a los sofistas y “sabios de este mundo” y se manifiesta a los humildes. Para el Evangelio, los que se envanecen serán humillados; y los que se humillan serán ensalzados. Ésta la paradoja de la sabiduría evangélica: los hombres que no saben nada y los que saben que no saben nada, esos son los verdaderos sabios.  En este punto, parece, la escuela de Jesús y la de Sócrates enseñan lo mismo.  Y dicen que Sócrates dijo “sólo sé que no sé nada”.  Y parece ser, según dicen, que esas palabras son el signo de la mayor sabiduría que supieron pronunciar los labios de un hombre.  Con toda razón, preguntará usted que cómo sé yo que eso que dicen de la gran sabiduría de Sócrates es cierto.  Yo ni siquiera tengo la fortuna del presidente Carlos Menem de haber leído las “obras completas” del famoso griego, y así poder dar fe y testimoniar que he leído con mis propios ojos lo que aquel griego grande y humilde supo decir.  Puestas así las cosas me tengo que contentar con contestarle que, a ciencia cierta, no lo sé, pero sí lo creo; y lo creo con firmeza. ¿Cómo creo y sé que es verdad esto?  Lo creo y sé porque le creo a Platón; creo en lo que -él ha dicho de su maestro- a través de sus palabras, creo, el discípulo pinta a su maestro como maestro del saber, del diálogo y del buen vivir. Me convenció, pero para convencerme he tenido que remontar río arriba las aguas de la confianza en mis maestros contemporáneos… hasta llegar, aguas arriba, a la confianza en el primer testigo, fuente y nutriente de todos los otros testimonios para mí creíbles que me hacen aceptar firmemente como verdadero y cierto que Sócrates dijo que sólo sabía que no sabía nada.

Usted se preguntará, amable lector, hasta qué punto para conocer la verdad tengo que hacer pie en el sapiente creer de la fe.  Le respondo, no hay otra posibilidad; lo sepa usted o no; lo admita usted o no, sus creencias fundamentan su ciencia; su fe fundamenta su razón; lo que usted acepta sin ver es lo que le permite ver o entrever algo. Creer para entender reza la inteligente fe de nuestros mayores. 

Lalo Ruiz Pesce

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