La grave situación ambiental que enfrenta Yerba Buena

Las catástrofes naturales en estos tiempos parecen ser un denominador común en gran parte del mundo. Muchos las atribuyen al cambio climático, sin embargo, hay factores que no pueden ser pasados por alto y que colaboran directamente a que se produzcan este tipo de hechos, más allá de cualquier fluctuación en el comportamiento del planeta.
La geografía de Yerba Buena se presta para el desastre. Construida al pie de un cerro ─hoy deforestado en gran parte─ y con numerosos canales cruzando la ciudad, las inundaciones parecen una escena pensada y establecida por el guionista de una película apocalíptica. Quien conoce y denuncia esta situación es Franklin Adler, ingeniero hidráulico y autor del libro «El Futuro del Agua en Tucumán», quien realizó una intensiva investigación en la zona de La Rinconada y parte de San Pablo.
Según Adler, el cambio en el tipo de cultivo es una de las causas por la que se producen inundaciones y aluviones en la zona. Antes, los torrentes de agua que bajaban por cerro San Javier eran frenados por campos de caña de azúcar; los cañaverales tienen un efecto «protector» con el suelo, debido a su densidad de follaje y los surcos que frenan los escurrimientos. Esto hoy es prácticamente imposible por la plantación de cítricos (Naranja y limón).
«Hace algunas décadas los torrentes de agua que bajaban de la sierra solían frenarse en la espesura del bosque de los conos aluviales del pedemonte, dejando su carga de piedras entre los matorrales y árboles, continuando como agua laminar más mansa por los campos y caminos vecinales», explica el autor.
Siempre citando la investigación publicada por Adler, las prácticas de los citricultores también tienen incidencia en los efectos de las lluvias en el suelo y las consecuencias para zonas residenciales. Los cultivos se extendieron hacia el oeste, en algunos casos, desmontando conos aluviales (Zonas con leve pendiente donde se depositan sedimentos de ríos durante crecidas) y penetrando quebradas por donde bajan torrentes de agua. En consecuencia, el agua, barro y piedras que descienden desde el cerro durante fuertes tormentas ya no encuentran freno alguno en su camino hacia plantraciones y todo lo que esté a su paso, incluidas viviendas o terrenos desmontados para fines domicialiarios.
Para contrarrestar los efectos de la precipitaciones, los productores prueban soluciones para sus campos que atenúan aún más los problemas para quienes se encuentran más allá de sus propiedades. El encauzamiento de ríos y canales ─a gusto y paladar─ hacia caminos vecinales y el borrado de canales de desagüe construidos cuando los cultivos eran de caña de azúcar, ayudan a que los aluviones sigan su camino sin escalas hacia zonas que antes eran inalcanzables. El Manantial y Ohuanta son algunas de las áreas más afectadas por estas alteraciones del suelo.
Sin ir más lejos, en 2015, se registraron crecidas nunca antes vistas de los principales acueductos de la ciudad. El canal de Yerba Buena, que corre a un costado del Camino de Sirga, y el Canal Sur, a la entrada de la «Ciudad Jardín», sufrieron la destrucción de sus defensas a causa de la masa de agua generada por canales colectores completamente sobrepasados en su nivel. La razón podría estar relacionada a lo que pasa en el pedemonte, donde el agua ya no encuentra obstáculos, ya sea por los desmontes para cultivo de cítricos o proyectos de barrios privados.
La situación descrita por el especialista es preocupante y el daño, quizás, irreversible. Harán falta años de políticas públicas basadas en teoría medioambiental, algo utópico si se tiene en cuenta que durante años se ignoró a las personas y organizaciones que intentaron advertir este escenario.
Una buena
En abril de este año, la Municipalidad de Yerba Buena decidió suspender por un plazo de 180 días cualquier obra en curso llevada a cabo en el pedemonte. Esto, por la proliferación de desmontes a causa de proyectos residenciales tipo «country», que eliminan el freno natural que posee el cerro para el agua de las tormentas.
Aún se discute con expertos de la Universidad Nacional de Tucumán y organizaciones no gubernamentales los criterios a tener en cuenta a la hora de proyectar emprendimientos inmobiliarios. No obstante, por ahora nada se ha desprendido en relación a la actividad rural que se lleva a cabo en todo el departamento y, mucho menos, sus efectos nocivos ─en algunos casos─ para el suelo y las consecuencias para quienes colindan con las propiedades explotadas para tal fin.

Las catástrofes naturales en estos tiempos parecen ser un denominador común en gran parte del mundo. Muchos las atribuyen al cambio climático, sin embargo, hay factores que no pueden ser pasados por alto y que colaboran directamente a que se produzcan este tipo de hechos, más allá de cualquier fluctuación en el comportamiento del planeta.

La geografía de Yerba Buena se presta para el desastre. Construida al pie de un cerro ─hoy deforestado en gran parte─ y con numerosos canales cruzando la ciudad, las inundaciones parecen una escena pensada y establecida por el guionista de una película apocalíptica. Quien conoce y denuncia esta situación es Franklin Adler, ingeniero civil con orientación en hidráulica y autor del libro «El Futuro del Agua en Tucumán«, quien realizó una intensiva investigación en la zona de La Rinconada y parte de San Pablo.

Según Adler, el cambio en el tipo de cultivo es una de las causas por la que se producen inundaciones y aluviones en la zona. Antes, los torrentes de agua que bajaban por cerro San Javier eran frenados por campos de caña de azúcar; los cañaverales tienen un efecto «protector» con el suelo, debido a su densidad de follaje y los surcos que frenan los escurrimientos. Esto hoy es prácticamente imposible por la plantación de cítricos (Naranja y limón).

«Hace algunas décadas los torrentes de agua que bajaban de la sierra solían frenarse en la espesura del bosque de los conos aluviales del pedemonte, dejando su carga de piedras entre los matorrales y árboles, continuando como agua laminar más mansa por los campos y caminos vecinales», explica el autor.

Siempre citando la investigación publicada por Adler, las prácticas de los citricultores también tienen incidencia en los efectos de las lluvias en el suelo y las consecuencias para zonas residenciales. Los cultivos se extendieron hacia el oeste, en algunos casos, desmontando conos aluviales (Zonas con leve pendiente donde se depositan sedimentos de ríos durante crecidas) y penetrando quebradas por donde bajan torrentes de agua. En consecuencia, el agua, barro y piedras que descienden desde el cerro durante fuertes tormentas ya no encuentran freno alguno en su camino hacia plantraciones y todo lo que esté a su paso, incluidas viviendas o terrenos desmontados para fines domicialiarios.

Para contrarrestar los efectos de la precipitaciones, los productores prueban soluciones para sus campos que atenúan aún más los problemas para quienes se encuentran más allá de sus propiedades. El encauzamiento de ríos y canales ─a gusto y paladar─ hacia caminos vecinales y el borrado de canales de desagüe construidos cuando los cultivos eran de caña de azúcar, ayudan a que los aluviones sigan su camino sin escalas hacia zonas que antes eran inalcanzables. El Manantial y Ohuanta son algunas de las áreas más afectadas por estas alteraciones del suelo.

Sin ir más lejos, en 2015, se registraron crecidas nunca antes vistas de los principales acueductos de la ciudad. El canal de Yerba Buena, que corre a un costado del Camino de Sirga, y el Canal Sur, a la entrada de la «Ciudad Jardín», sufrieron la destrucción de sus defensas a causa de la masa de agua generada por canales colectores completamente sobrepasados en su nivel. La razón podría estar relacionada a lo que pasa en el pedemonte, donde el agua ya no encuentra obstáculos, ya sea por los desmontes para cultivo de cítricos o proyectos de barrios privados.

La situación descrita por el especialista es preocupante y el daño, quizás, irreversible. Harán falta años de políticas públicas basadas en teoría medioambiental, algo utópico si se tiene en cuenta que durante años se ignoró a las personas y organizaciones que intentaron advertir este escenario.

Una buena

En abril de este año, la Municipalidad de Yerba Buena decidió suspender por un plazo de 180 días cualquier obra en curso llevada a cabo en el pedemonte. Esto, por la proliferación de desmontes a causa de proyectos residenciales tipo «country», que eliminan el freno natural que posee el cerro para el agua de las tormentas.

Aún se discute con expertos de la Universidad Nacional de Tucumán y organizaciones no gubernamentales los criterios a tener en cuenta a la hora de proyectar emprendimientos inmobiliarios. No obstante, por ahora nada se ha desprendido en relación a la actividad rural que se lleva a cabo en todo el departamento y, mucho menos, sus efectos nocivos ─en algunos casos─ para el suelo y las consecuencias para quienes colindan con las propiedades explotadas para tal fin.

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