Horco Molle, la selva tucumana en medio de la ciudad

Sobre el último pedazo de yunga en el cerro San Javier, se emplaza un verdadero “pulmón verde”. La Reserva Experimental Horco Molle queda a escasos 15 kilómetros de la capital y protege las especies de la fauna y la flora autóctona, y con ella a la biodiversidad.
Al entrar a la Reserva, lo más llamativo son los monos capuchinos. Desaforados, se balancean de sus colas prensiles. Con sus manos libres, hacen monerías a los curiosos que se acercan, despertando las risas de los más chicos.
Sobre un gran monte, dos tapires pasean, mientras un carpincho escarba con sus grandes incisivos la hierba. De atrás parece un chancho del monte, pero de frente vuelve a adquirir su carácter peculiar: cara cuadrada y ojos achinados. Es el roedor más grande del mundo.
Los nombres de los tapires son de lo más ingeniosos. Nene Malo, Inés, Guillermina, Gaspar, el 059 y la 1.563.
“Le pusimos Nene Malo, porque estaba de moda esa banda de cumbia cuando nació, hace dos años. Pero es muy dulce”, dice, entre risas, Omar Saguir, guarda fauna guía.
El tapir es un mamífero clave del ecosistema de las yungas y actualmente está en extinción en Tucumán en estado silvestre. Su cabeza termina en una pequeña trompa que utiliza para agarrar las hojas acuáticas, cuando baja a la represa a nadar. “Aman el agua y es una fiesta verlos jugar en el estanque”, cuenta el guía.
Siguiendo el circuito, las sorpresas abundan. Un caraguay o lagarto colorado atraviesa el camino. El tour aprovecha para sacarle fotografías.
Conciencia ambiental
La Reserva es un centro de rescate y rehabilitación de fauna. “Esto no es un zoológico, es una área protegida”, aclara Saguir. “Nuestra misión es rehabilitar a los animales y devolverlos a su hábitat natural. Los mantenemos cuidados y le enseñamos a la gente que evite su cacería o domesticación”, explica Elena Correa, veterinaria y administradora de la reserva.
La flora autóctona
En la primavera y en el verano fructifican el chal-chal y el arrayán, de las cuales se alimentan las aves. Un árbol autóctono muy presente en la selva piedemontana es el chilto, más conocido como “tomate de árbol”. Es una especie utilizada como alimento desde tiempos ancestrales en toda la región andina. Tiene el aspecto de un tomate perita anaranjado, pero más parecido a un fruto exótico. Su sabor es dulce y un poco ácido. Con el chilto se pueden elaborar mermeladas, chutneys, o simplemente consumirlo fresco en ensaladas. “Hace unos años vino un grupo de empresarios neozelandeses y se llevaron semillas de chilto. Hoy son los mayores productores mundiales del fruto”, relata Saguir.
Para pasar el día
La reserva puede visitarse todos los días de 9 a 18. Las visitas guiadas duran una hora y cuestan $ 30 para los adultos y $ 25 para menores. Para pasar el día, el espacio cuenta con asadores y un pequeño bar que vende comidas y bebidas.
Niños con discapacidad
La Reserva Experimental Horco Molle viene trabajando desde hace tres años con chicos con discapacidad de la Fundación Minka, una ONG creada hace 20 años.
Los chicos concurren al lugar donde se les enseña a respetar y a cuidar los ejemplares autóctonos. En el contexto de esa tarea, en 2015, se liberaron dos halcones que estuvieron en rehabilitación.
Ese mismo día se plantaron 30 lapachos rosados como símbolo de amor, tolerancia y mayor inclusión para las personas con discapacidad. Por su parte, los chicos de la Fundación elaboraron bolsas que contenían semillas de distintos árboles nativos y compost para cultivo.
Plantas del vivero reforestadas
A mediados de este año se inaugurará un jardín botánico en la Reserva Experimental Horco Molle, cuya superficie ocupa 95 hectáreas. Será un centro de conservación, investigación y educación ambiental.
Allí se reforestarán plantas autóctonas que estaban en el vivero de la reserva. El jardín tendrá zonas destinadas a visitas guiadas, senderismo, avistaje de aves, preservación de las especies arbóreas y otras dedicadas a la investigación y restauración ecológica. Se trata del tercer jardín botánico de Tucumán, junto al de la Fundación Miguel Lillo y al de la Facultad de Agronomía y Zootecnia de la UNT.

Sobre el último pedazo de yunga en el cerro San Javier, se emplaza un verdadero “pulmón verde”. La Reserva Experimental Horco Molle queda a escasos 15 kilómetros de la capital y protege las especies de la fauna y la flora autóctona, y con ella a la biodiversidad. Un equipo de diario LA GACETA estuvo en el lugar para resaltar cada detalle.

Al entrar a la Reserva, lo más llamativo son los monos capuchinos. Desaforados, se balancean de sus colas prensiles. Con sus manos libres, hacen monerías a los curiosos que se acercan, despertando las risas de los más chicos.

Sobre un gran monte, dos tapires pasean, mientras un carpincho escarba con sus grandes incisivos la hierba. De atrás parece un chancho del monte, pero de frente vuelve a adquirir su carácter peculiar: cara cuadrada y ojos achinados. Es el roedor más grande del mundo. Los nombres de los tapires son de lo más ingeniosos. Nene Malo, Inés, Guillermina, Gaspar, el 059 y la 1.563.

“Le pusimos Nene Malo, porque estaba de moda esa banda de cumbia cuando nació, hace dos años. Pero es muy dulce”, dice, entre risas, Omar Saguir, guarda fauna guía.
El tapir es un mamífero clave del ecosistema de las yungas y actualmente está en extinción en Tucumán en estado silvestre. Su cabeza termina en una pequeña trompa que utiliza para agarrar las hojas acuáticas, cuando baja a la represa a nadar. “Aman el agua y es una fiesta verlos jugar en el estanque”, cuenta el guía.

Siguiendo el circuito, las sorpresas abundan. Un caraguay o lagarto colorado atraviesa el camino. El tour aprovecha para sacarle fotografías.

Conciencia ambiental

La Reserva es un centro de rescate y rehabilitación de fauna. “Esto no es un zoológico, es una área protegida”, aclara Saguir. “Nuestra misión es rehabilitar a los animales y devolverlos a su hábitat natural. Los mantenemos cuidados y le enseñamos a la gente que evite su cacería o domesticación”, explica Elena Correa, veterinaria y administradora de la reserva.

La flora autóctona

En la primavera y en el verano fructifican el chal-chal y el arrayán, de las cuales se alimentan las aves. Un árbol autóctono muy presente en la selva piedemontana es el chilto, más conocido como “tomate de árbol”. Es una especie utilizada como alimento desde tiempos ancestrales en toda la región andina. Tiene el aspecto de un tomate perita anaranjado, pero más parecido a un fruto exótico. Su sabor es dulce y un poco ácido. Con el chilto se pueden elaborar mermeladas, chutneys, o simplemente consumirlo fresco en ensaladas. “Hace unos años vino un grupo de empresarios neozelandeses y se llevaron semillas de chilto. Hoy son los mayores productores mundiales del fruto”, relata Saguir.

Para pasar el día

La reserva puede visitarse todos los días de 9 a 18. Las visitas guiadas duran una hora y cuestan $ 30 para los adultos y $ 25 para menores. Para pasar el día, el espacio cuenta con asadores y un pequeño bar que vende comidas y bebidas.

Niños con discapacidad

La Reserva Experimental Horco Molle viene trabajando desde hace tres años con chicos con discapacidad de la Fundación Minka, una ONG creada hace 20 años.
Los chicos concurren al lugar donde se les enseña a respetar y a cuidar los ejemplares autóctonos. En el contexto de esa tarea, en 2015, se liberaron dos halcones que estuvieron en rehabilitación.

Ese mismo día se plantaron 30 lapachos rosados como símbolo de amor, tolerancia y mayor inclusión para las personas con discapacidad. Por su parte, los chicos de la Fundación elaboraron bolsas que contenían semillas de distintos árboles nativos y compost para cultivo.

Plantas del vivero reforestadas

A mediados de este año se inaugurará un jardín botánico en la Reserva Experimental Horco Molle, cuya superficie ocupa 95 hectáreas. Será un centro de conservación, investigación y educación ambiental.

Allí se reforestarán plantas autóctonas que estaban en el vivero de la reserva. El jardín tendrá zonas destinadas a visitas guiadas, senderismo, avistaje de aves, preservación de las especies arbóreas y otras dedicadas a la investigación y restauración ecológica. Se trata del tercer jardín botánico de Tucumán, junto al de la Fundación Miguel Lillo y al de la Facultad de Agronomía y Zootecnia de la UNT.

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